CORRE POR TU VIDA

¡Fallaste! Qué torpe eres, imbécil. ¿Pues qué pensabas? ¿Quién diablos te creías que eras? Este error te va a salir muy caro. Debiste acabar, concluir, el mundo está lleno de perdedores que, como tú, tienen miedo de asestar el último golpe, que sienten pánico a la hora de cerrar sus asuntos. Tan fácil que la tenías, ¿sabes? Hiciste lo más difícil y te acobardaste al final. Das pena. ¿Tu madre no te enseñó que lo que se empieza, se termina? Tú y nadie más que tú es el responsable. Ahora no sabes qué hacer, ya no puedes regresar. ¡Cómo desearías volver en el tiempo!, pero es muy tarde para eso.

Un estremecimiento te recorre la espina dorsal. Miras hacia tus lados, estás confundido. Hay mucha gente en la calle, piensas que te será fácil perderte en la muchedumbre. Bendita multitud, crees que será tu salvación. ¿Por qué la gente te mira de esa forma? ¿Sabrán algo? Pusilánime. Te lamentas de todo. Hace frío. Estás sucio, manchado, no sabes de qué. Oyes cosas. Miras hacia atrás, pero los nervios no te dejan distinguir nada. Sólo percibes sombras indefinidas en movimiento. ¡Camina!, ¿qué esperas?

Sientes algo que te acompaña. Alguien te sigue. No, más bien, te persigue. Caminas, sí, sabes perfectamente quién y por qué. Camina más rápido. Con un poco de imaginación, y otro de suerte, podrás perderlo. No lo pienses tanto, hazlo. El corazón te late muy fuerte, sientes te va a estallar. Oyes los pasos, la respiración y el aliento de quien te persigue, pero no te atreves a mirar atrás. Lo hueles, sabes que se encuentra a pocos metros detrás de ti. Tal vez si aceleras el paso podrías confundirlo, perderlo. Pero no, ya te sabes hombre muerto. Cada vez lo sientes más cerca. En pocos segundos te pisará los talones. Piensas en detenerte de golpe, dejarlo pasar. No se atreverá a atacarte en plena vía pública. Pero no estás seguro, no lo sabes, no quieres correr riesgos. Eres tan inocente que crees que aún te queda una salida.

Todavía no entiendes qué fue lo que salió mal. ¿Qué te llevó hasta este punto? ¿En qué te has equivocado, qué te faltó, porque eres tan miserablemente perdedor? Tu perseguidor está muy cerca de ti. La gente que camina a tu lado te mira con compasión. Es tan evidente, todos lo saben. Te miran y te sonríen con la mirada. Te perdonan. Pero tu perseguidor no te perdona. Una pareja de ancianos te mira fijamente, algo comentan entre sí. Están hablando de ti, han notado tu angustia. Se despiden de ti, porque eres el único que no ha entendido que hasta aquí llegaste. Sientes que el mundo gira en cámara lenta. Todos van a ese ritmo excepto tú y tu perseguidor. Pero él es cada vez más rápido que tú. Te mueves en un medio denso, espeso, cada movimiento que intentas hacer es casi imposible. Te cuesta levantar una pierna para ponerla en movimiento. Cada metro que avanzas es un metro de tortura, de dolor, de desesperación. Cargas con el peso de la suciedad del mundo. Pesas mucho. Te pesa la cabeza, te pesan los brazos. Te duele la espalda. Debe ser la mirada de tu perseguidor, que te penetra. La sientes en la nuca. Está muy cerca. Detrás de ti. Nada los separa salvo un poco de aire, aire frío, que se mete entre las grietas de tus ropas. Tienes las manos heladas. Ya no distingues tu respiración de la de tu perseguidor, se mezclan, se funden en una sola.

Eres tan inocente. Todavía tienes tiempo, y tendrás más si logras caminar más aprisa. No corras, no seas imbécil, si corres, estarás firmando tu sentencia de muerte, será muestra inequívoca de que huyes. Tu perseguidor no debe saber que le huyes. No de manera abierta al menos. ¿Tienes las agallas que se necesitan para enfrentarlo? Sabes que no, ¿para qué te lo cuestionas? Tu perseguidor está más cerca. Si alargara el brazo, podría tocarte. Confúndelo. Mira tu reloj, finge que te preocupa la hora, pero no seas estúpido, no aminores el paso. La esquina está ahí, tendrás que detenerte si no quieres evidenciar tu huída. Imploras a quien sabe quién para que se ponga la luz verde y puedas cruzar sin detenerte. Pero la luz roja se hace eterna. Miras las luces de la avenida perpendicular, son verdes, están en su apogeo. Se te ocurre cambiar de dirección pero sería peor, te será más difícil perderlo. Estás a dos pasos de la esquina y la luz está cambiando. Notas como la gente que camina delante de ti cruza la calle y muchos corren. Es normal en esta ciudad, todos lo hacen. Tendrás que hacerlo tú también. Puedes aprovechar, hazlo, corre, engáñanos a todos y haznos creer que lo que buscas es cruzar con seguridad. Piérdete en la masa. Pero de poco te sirve. Tu perseguidor también alcanzó la luz verde y también, al igual que tú, corrió y se mezcló con la misma masa. Siguen siendo harina del mismo costal. Lo tienes claro, está ahí, a menos de medio metro de ti. Sientes mil respiraciones, mil alientos junto al tuyo, el de él está ahí. Tienes pánico. Sientes algo helado en la sien, es húmedo. El aire te pega y la cabeza se te congela. Estás sudando. Se notará tu miedo, tu pánico, el sudor te delatará. Otra esquina se avecina y tiene la luz verde. El hombre que camina delante de ti ha empezado a correr para alcanzarla, haz lo mismo que él. Pero tu perseguidor es más astuto que tú. Lo sientes correr detrás de ti. Lograste cruzar, pero no vas solo.

Ves un portón. Reconoces el edificio, ya has estado ahí, será más fácil perderlo si te metes. Es un edificio viejo, de tres niveles y no tiene ascensor, es tu oportunidad. Tienes tres posibilidades de escabullirte, si sigues caminando por la avenida, terminará por darte alcance. Dudas, pero tendrás que decidirlo ya. Dos personas lo han hecho, tú serás la tercera. Entras. Suplicas que el perseguidor se siga de largo, esperas un microsegundo, pero qué va, está detrás de ti, a medio metro, rozándote la espalda, puede ver cómo te escurren las gotas de sudor sobre la solapa de tu chaqueta. Se ha metido después que tú, casi contigo. Caminas más de prisa hacia el final del pasillo donde está la escalera. Las personas que entraron antes que tú ya están ahí, suben, quisieras mezclarte, confundirte con ellas. Es una pareja. Ellos no te miran, no les interesas. Sigues sudando, ahora copiosamente. Tu perseguidor camina detrás de ti, a tu misma velocidad, a tu ritmo. Sus pasos son idénticos a los tuyos. ¿Será tu fantasma? ¿Tu pasado que no te deja en paz? Tienes cuentas pendientes con tu historia, eso bien lo sabes. Recuerdas tu paso por el ejército. Sabes que te está acorralando. Llegas a la escalera. Tomas el pasamanos para apoyarte y acelerar y sientes que tu mano está húmeda por el sudor. Subes los primeros escalones. La pareja que va delante de ti está por alcanzar el primer nivel, no entiendes cómo es que no los has alcanzado, si no parecen subir tan de prisa como tú. Tu perseguidor sube detrás de ti. Está a dos escalones. No te atreves a dar la vuelta para mirarlo, pero cómo quisieras hacerlo.

Quisieras verle la cara, verle los ojos, acercar la tuya para olerlo mejor. Quisieras mover el brazo y darle un golpe en la cara con el codo, y quisieras oír cómo cae escalera abajo dejándote el camino libre. Quisieras detenerte, darte vuelta, bajar y pasar encima de su cuerpo, quisieras escucharlo suplicando tu perdón, quisieras tener las agallas para enfrentarlo, sea quien sea. Pero no, sientes que también ha puesto la mano en el pasamanos y a través de éste te comunica su energía, desde luego, negativa. Ya estás electrizado por él. Ya se habrá dado cuenta de tu sudor. Seguramente se burla de ti, de tu miedo, de tu pánico. Sabe que te dará alcance, tarde o temprano, es cuestión de segundos. A él no le corre prisa.

Por fin llegas al primer nivel. Tendrás que girar para encaminarte al pasillo, si subes un poco más rápido, tendrás tiempo de verle. Caminas hacia el siguiente tramo. Tu perseguidor continúa detrás de ti. Te queda una esperanza: que se quede en el primer nivel, que camine hacia una puerta, deseas escuchar cómo una llave penetra en una cerradura y cómo los goznes chillan al girar, pero no, no oirás nada de eso, te quedarás con el eco de tus pasos y de los suyos, con la respiración del individuo que camina detrás de ti, con su presencia casi encima de la tuya. Llegas a salvo al pie del siguiente tramo. Decides subir dos escalones a la vez. Llegarás más rápido al segundo nivel. La pareja que iba delante de ti se ha perdido. Del segundo nivel se asoma una niña. Te ha visto y ha visto al individuo que te persigue. Quieres sonreírle, explicarle lo inocente que eres, contarle que no te atreviste a terminarlo, que se te hizo fácil, que eres un cobarde, pero la niña te mira sólo un instante y empieza a bajar. Tendrás que aminorar la marcha cuando llegue a tu lado, tendrás que moverte para dejarla pasar. Está a tres escalones de ti. El individuo que te persigue sólo a dos. Subes uno más y te apoyas en el muro. La niña pasa a tu lado. Crees que oirás algo, algún saludo entre la niña y el él, pero no hay nada. O no lo oyes. No lo sabes, estás tan aturdido que lo único que distingues claramente es el zumbido en tu cabeza.

A lo lejos escuchas la voz de tu perseguidor, pero no sabes qué dice. Sólo sabes que se ha dirigido a la niña. Ella desaparece, sólo quedan tú y él. Has llegado al tercer y último nivel. Es la hora de la verdad. Ves el final del pasillo, no hay más escalera, no hay puerta alguna por dónde escapar. Caminas más rápido y sientes clarísimo que el individuo sigue pegado a ti. Los pasos son idénticos. Recuerdas de nuevo cuando estuviste en el ejército. Marchas, no caminas. Llevas mucho tiempo en tu punto de fuga, no encuentras tu punto de equilibrio y de la nada, de pronto, adoptas tu punto de ataque, no tienes otro remedio, te ha alcanzado. Giras y la luz te pega directamente en la cara. Te ciega momentáneamente. Cierras los ojos y al abrirlos otra vez, ves su silueta, enorme, monstruosa. Sonríe. El individuo tiene el descaro de sonreír. Tiene la misma expresión que viste cuando decidiste no terminarlo. Cara a cara. Sientes su aliento a alcohol, quieres alejarte pero ya no puedes, has sentido cómo te penetra un cuchillo en el vientre. El cuchillo sale y te penetra por otro lado. No te duele, sólo sientes el frío. Tus líquidos empiezan a escapar y tú pierdes la conciencia, te desvaneces a la nada, alcanzas a ver la figura del individuo cómo se aleja de ti, oyes sus pasos alejarse hasta que se pierden, él sí puede bajar las escaleras, como la niña, para perderse en la masa. Él sí terminó su asunto, sí dio el golpe final que nunca pudiste asestar, que te hubiera salvado, nunca quisiste entender las reglas del juego que tú mismo inventaste, eras tú o él y decidiste por él, no por ti.

Te has quedado solo, solo, no hay nadie, nadie vio nada, excepto tú, que no podrás ser testigo, te derrumbas y sientes el charco de tu propia sangre, te tocas el vientre, todavía está ahí, clavado el cuchillo con el que te han matado, sientes materia viscosa y sientes el mareo, te pierdes, te vas, te cuesta trabajo respirar, pero algo has ganado, pues no tienes miedo, ya no tienes necesidad, ¿ya para qué?



4 comentarios:

40añera dijo...

¡Que agobio Raul! me has tenido con el corazón galopando todo el relato por Dios!!!!
Un beso

Mercedes Ridocci dijo...

¡QUE DURO!
Pero que bien escrito está.
Haces que el lector se meta en la piel del personaje. Camina con él, corre con él, huye con él, se angustia con él, suda con él, sangra con él.
Muy bueno, Raúl.
No dejes de escribir.

Jo Grass dijo...

Uff!! Qué bien lo has hecho. Cómo se nota que eres cineasta, porque es tremendamente visual, al tiempo que brilla en formato literario!!!

Todavía estoy temblando y jadeando de correr a su lado. Anoche la peli de Guillem en Sítges, y hoy tu relato...Creo que me voy a nadar, a ver si me relajo, jajaja
Buen finde

Mercedes Ridocci dijo...

Escribe, que a este blog ya le faltan palabras.