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01. RELOJ QUE NO DA LA HORA

El pasado fue un año decepcionante, y el final de año,  para llorar. Cumplo 15 años ininterrumpidos de trabajar para Hampstead and Keller Insurance Consultants, una pequeña firma consultora de Manhattan que da servicio a las grandes aseguradoras de la costa este. Los empleados de H&KIC suelen recibir un reloj de oro al cumplir 15 años de servicio, ¡pero a mí me lo han negado! ¡Por ser mexicano! A pesar de vivir aquí desde hace 22 años. A pesar de hablar inglés mejor que ellos. A pesar de no haber cometido un solo error en todo ese tiempo.

Fue en marzo cuando vi mi nombre en la lista que anunciaba que el 1 de diciembre cumplía los quince años de servicio. Reconozco que sentí cosquilleo en el cuerpo, finalmente era un logro que llevaba mucho tiempo anhelando. El premio es simbólico. En esta oficina, hay tres clases de personas: los jefes, los que llevan el reloj y los que no lo llevan. Cumplí con todos los requisitos para pasar de la tercera categoría a la segunda, pero se me ha negado, es una injusticia. Nada de reloj. Sólo la lista en el tablero, el diploma y las gracias.

El año pasado, Primitivo Molina , un cubano ruidoso y peleonero, cumplió los quince años y le dieron su reloj. No se lo quita ni para bañarse. Me da rabia, no es justo. Mi jefe se llama Harold, pero no me da la gana escribirlo con mayúscula, así que que me referiré a él como harold. harold james danson. Vaya nombre. Él sí que tiene placa grabada con su nombre en su escritorio, pues es supervisor. En su equipo trabajamos nueve personas: cuatro capturistas, entre los que estamos Primitivo y yo, tres investigadores, una assistant que se llama Peggy Martínez y Leo, un ayudante que hace las veces de mensajero. Peggy Martínez es cien por ciento gringa. Muchas veces ha intentado explicarme porqué lleva apellido mexicano, pero no entiendo lo que me dice. A mí, honestamente, me vale un cacahuate.

Escribo desde mi escritorio, la verdad es que estoy aburrido. Como es principio de año, hay poco trabajo. Esta noche iré al bar del alemán y después, a casa. Me gusta rezar en las noches, encender el televisor y quedarme dormido. Querido Pedro, que tengas buena noche. Je.

02. A GOLPES, CHATO


Anoche hubo una pelea en el bar del alemán. Yo estaba entretenido minding my own business y bebiendo una cerveza cuando un sujeto, en absoluto estado de ebriedad, se tropezó y derramó su bebida sobre la espalda de una chica que estaba sentada en la barra. El tipo que acompañaba a la ofendida mujer se puso de pie y, sin avisar, le dio un par de golpes en la mandíbula que se oyeron y retumbaron en la más alejada colina de Tlalnepantla (de donde soy originario, por cierto).

El problema es que el sujeto ebrio, el derramador, no iba solo (los borrachos nunca a solas), así que en menos de lo que vuela la mosca, pim pum cuas, te veo no te veo, tuya mía te la presto y todo el bar estaba metido en la feroz trifulca excepto, por supuesto, su seguro servidor.

Me levanté de mi lugar, pagué y salí. Los lunes no suelo quedarme mucho tiempo en el bar, sólo bebo un par de cervezas y miro la televisión. Prefiero estimular mi vida social hacia los fines de semana.

Qué tedio. Un martes de invierno en Nueva York. Preferiría estar en Querétaro. O en Michoacán. Algún día entenderé porqué quise salir de México.

Siempre soy el primero en llegar a la oficina. Mi trabajo es rutinario y por lo tanto, muy sencillo. Todo lo que tengo que hacer es capturar los informes de los investigadores en una base de datos y mantenerla actualizada. Cada vez que la gente de finanzas toma una decisión, lo hace con base a la base de datos que en mi departamento se hace. harold es quien categoriza la información y es el único autorizado para emitir un informe.

Esta tarde iré a la iglesia. Creo que es buena idea los lunes ir al bar y los martes a la iglesia. También me han dicho que atrás de San Patricio hay una tienda donde se pueden comprar cirios, me gustaría ir. Peggy Martínez ha venido a trabajar sin sostén. Eso me pone muy nervioso.

Y no me puedo quitar la pelea del bar de la cabeza.

03. HOY NO ME SUICIDÉ

No. Ni lo había pensado, pero es grato saberlo. Me lo prometí y lo cumplí. Hoy es viernes, bendito viernes. Mañana iré a Central Park pues hay un desfile de charros mexicanos. Últimamente me han entrado deseos de regresar a México, pero... ¿a qué? ¿A trabajar como agente de seguros? ¿A vender libros? ¿De teleoperador? ¿A poner un puesto ambulante de comida afuera del metro Tasqueña? No, mejor me quedo aquí.

Comparo mi alegría por seguir vivo con la imagen de los maniquíes maniquíes desnudos que a veces vemos en los escaparates de las boutiques al caminar. Y es que así soy, hecho a pedazos. Por cierto, hoy también vi a mi compañera de trabajo sin sostén. Se está haciendo una muy agradable costumbre.

Tengo la firme esperanza que harold se enferme la semana que viene. Le he jugado una broma. Durante días, reinicio mi computadora e inmediatamente después le ofrezco un caramelo. Se acostumbró al sabor dulce con el sonido que hacen las compus al reiniciarse. Hoy lo hice de nuevo, pero no le di caramelo. Se me quedó viendo con una cara de gaznápiro pidiendo a gritos su caramelo. Es un tarado.

04. ¿CÓMO LLEGUÉ A CASA?

Ayer fue un día horrendo. Me peleé con harold, porque cada vez que él mete la pata, busca un cristiano inocente que pague sus platos rotos y me tocó a mí, pero para su pésima suerte, me encontró de malas. No soy un tipo peleonero, nunca lo he sido. Soy devoto de la Fe Cristiana y creo, ante todo, en la paz y en el amor. A pesar de la soledad en la que vivo, me siento bien y en paz. Pero tampoco soy el tonto de nadie y menos de harold. Se le olvidó subir información crucial a la base de datos, los reportes que le habíamos entregado desde hacía varias horas. Como se pasa el día conversando, haciéndose el interesante y rumiando sus imbecilidades, tiene pocas presiones. Ayer lo regañaron, pues hubo un caso que ya inició juicio y se necesitaban todos los reportes autorizados.

Me explico un poco. Nosotros, los capturistas, la perrada pues, subimos la información que nos dan los investigadores, ya ordenada y categorizada, a la base de datos central. Pero harold, quien es nuestro supervisor, debe "autorizar" dicha información y lo tiene que hacer mediante una contraseña, que sólo él tiene. Ayer se le olvidó y vino a reclamarme que por mi culpa lo habían regañado. Imbécil. Le expliqué que mi trabajo estaba bien hecho y le expliqué el suyo y fui muy claro en detallarle en dónde se había equivocado. A pesar de que él sabía perfectamente quién había metido la pata, frente a todos me dijo... "espero que sea la última vez que se equivoca, Mr. Hernández"

Me enfurecí. A la hora de salida, se me pasaron las copas en el bar del alemán y sólo recuerdo quedarme dormido en la barra. El alemán es buen amigo, nunca se mete conmigo, no me dirige la palabra, pero no me molesta y siempre me ayuda. Sin saber cómo, amanecí en mi casa. ¿Quién me llevó? Sólo Dios sabe. En fin.

05. EL RECADO

Esta mañana, al llegar a mi oficina, me he encontrado sobre el escritorio, una nota dirigida a mí, invitándome a una reunión de empleados que se llevaría a cabo en un par de días, para celebrar el aniversario de la compañía. La nota estaba firmada por Sue, la chica (hermosísima, por cierto) que trabaja tres pisos arriba del mío y que con seguridad no sabe quién soy. Pero lo curioso de la nota, es que era extremadamente cordial, cariñosa. No soy tonto (no tanto, al menos), y pese a que tengo los pies bien puestos en el asfalto, puedo distinguir cuando alguien coquetea con una nota. Malditas costumbres de los gringos y sus celebraciones. Por mi nombre, Sue se ha de imaginar a alguien tipo Alejandro Fernández.

Pero por otro lado, sentí un calor especial. Si Sue supiera que soy un horrendo gigantón soltero y poco codiciado, de cuarenta y muchos, que paso la vida entre esta horrenda oficina en el piso 22 de un edificio de 34 pisos en la novena avenida y la cuarenta, que mi salario anual está muy lejos de las seis cifras, que tengo un problema de rodilla que con este frío hace que me duela como si me clavaran un taquete, que tengo pendientes dos endodoncias y que no me las he hecho por falta de dinero, que fumo, y rezo, que bebo todos los días a solas en el bar del alemán y que no espero absolutamente nada de la vida... entonces, Suee tal vez no hubiera escrito su amable invitación.

De todas maneras, gracias Sue.

06. YO SOY. ELLA ESTABA

Al amigo desconocido que me pregunta la razón por la que estoy en Nueva York le diré que es complejo. Cuando estaba estudiando la carrera de contaduría, en el Poli, me enamoré perdidamente de la amiga de una vecina. Esto ocurrió hace muchos años ya. Ella se llama Ana y para mí era la mujer más dulce, tierna y hermosa del planeta. Way out of my league, dirían mis compañeros de oficina.

No soy el tipo galán. Tuve pocas novias en mi juventud y digamos que ya estoy presumiendo. Empecé a salir con Ana y en poco tiempo nos hicimos novios. En su familia no me querían mucho, pues la madre de Ana decía que mi futuro era parco y gris.

Pasó un año y medio. Yo estaba muy enamorado de ella y creía que ella lo estaba de mí. Formábamos una pareja extraña, pues ella es chiquita, mide 1.55 y yo soy muy alto.

De pronto, el padre de Ana recibió una cantidad fuerte de dinero y abrió un restaurante en San Antonio. Quería hacer una gran cadena de comida mexicana en Estados Unidos. Yo estaba terminando la carrera. Me ofreció la contabilidad del local con la condición que me casara con su hija. Claro, faltaba que ella aceptara. le propuse, me dio el sí, y fijamos fecha para la boda. Pero tuvimos que marcharnos a San Antonio antes de casarnos, donde después de algún papeleo, y gracias a Larry, un amigo abogado, logré legalizarme y empecé a trabajar para el restaurante.

Muy poco me duró el gusto. A los pocos meses de estar ahí, descubrí que Ana tenía otro novio, se llamaba Gonzalo. Era su novio de la secundaria. También me ponía el cuerno con David, el encargado general del restaurante de su padre. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: me mandó por un tubo.

Yo estaba decidido a regresar a México pero Larry me consiguió un trabajo en Manhattan que según él, me ayudaría a salir adelante y a olvidar mis penas. Acepté y desde entonces aquí estoy. No ha cambiado nada mi vida en todos este tiempo.

Hace poco, me topé con Ana en la calle. Ella estaba de paseo en Manhattan y yo iba rumbo a mi casa. Habían pasado muchos años, ella se casó (no sé con quién, pero no fue ni con David ni con Gonzalo), tuvo tres hijos y se divorció y estaba residiendo en México. Yo tenía poco (o nada) que contarle. No contuve la curiosidad y le pregunté: ¿Porqué me engañó, porqué me botó?

"Eres aburrido", me dijo. Entonces le pregunté porqué había aceptado salir conmigo en un principio.

"Estaba aburrida", fue su respuesta. Enorme el lago entre el ser y el estar.

Saludos, amigo desconocido.

07. BROMITAS

Me han jugado de nuevo la misma broma. El viernes por la tarde, al terminar la jornada laboral, se me acercó harold y me dijo que los muchachos (the guys) estaban planeando una excursión a un antro que está en Brooklyn, atrás del complejo habitacional Brooklyn Heights. Yo ya lo conozco, he ido (solo) un par de veces; este antro es lo que en México conocemos como un table dance.

¡Me invitó! El muy perro de harold me dijo que yo estaba considerado en el grupo. No lo voy a negar, me sentí bien, no suelen incluirme en sus planes esta bola de desgraciados. Le sonreí y accedí, hace meses que no asisto a un lugar de estos. Pues nada, ahí me tienen, arreglándome, lustrando zapatos, buscando camisa, corbata y traje limpios y hasta me compré una bufanda, pues las que tengo ya huelen mucho (a loción, no seamos malandrines).

Quedamos en encontrarnos a las 5 de la tarde en una cafetería que está a la salida norte de la estación de la calle 51, donde pasa un express que llega directo a donde se encuentra el New Savoy, el nombre del local. Por supuesto, cuando llegué, no había nadie de la oficina, así que fui solo, creyendo inocentemente que los demás ya estarían dentro, esperándome. Como decimos en México: sí, ya vas, wey...

Pues no fue así, estimado quién seas. Entré al local, no vi a nadie conocido, estuve toda la noche a solas, me gasté más de 200 dólares en bailes, me bebí una botella de un escocés adulterado y dulzón y salí, medio pedo y atarantado, a las cinco de la mañana. Estaba nevando y tuve que esperar más de una hora en la calle a que el metro inciara operaciones. Llegué a mi casa a analizar mi realidad.

Definitivamente, tengo que planear una venganza. harold no puede quedar impune.

08. PRIMITIVO

Primitivo Molina Cáceres es mi compañero de trabajo; nació en Varadero, Cuba (eso dice él) en el año 1976. Su familia logró desembarcar en Miami en 1982, cuando Primi contaba apenas con seis años de edad. Tres años más tarde llegaron a vivir al Bronx, ya que el padre de Primi (curiuosamente, de nombre Trinidad) tenía familiares trabajando ahí. Primi logró ir a la escuela y terminó high school; su logro más grande fue obtener la ciudadanía estadounidense (que no americana ni norteamericana) al casarse con Linda, una mujer 10 años mayor que él.
 
Primi se dice republicano, aunque me parece una persona apolítica. Tiene tres hijos y me da la impresión que es un buen padre de familia, sus hijos lo buscan mucho. Hay algo que envidio de él: tiene sueños. Quiere que Tommy, el menor de sus hijos, sea beisbolista famoso; se quiere comprar un deportivo último modelo y su mayor deseo es conocer en persona a Ophra. Primi ve televisión por las noches, asegura ser fanático de varias cosas, entre ellas, los talk shows, el beisbol y los infomerciales.

Si algún actor me recuerda a Primi es Cuba Goodin Jr. Curioso que el primer nombre de este actor coincida con el país de origen de mi compañero. Tienen una sonrisa muy parecida. Claro, Primi es más regordete y cachetón, además que peina algunas canas.

Primitivo y yo no somos amigos y nunca lo seremos. Llevamos más de 15 años de vernos todos los días de lunes a viernes y tres fines de semana al año, pero si nos encontráramos en la calle, ambos nos evitaríamos. Para él, yo soy El Gallo Claudio, Tribilín, El Profesor Jirafales y algunas cosas más. Él cree que los sobrenombres que me pone me molestan, pero en realidad no es así, me causan gracia, ya que tienen ingenio. Pero decía que nunca seremos amigos. Básicamente, porque no tenemos absolutamente nada en común. No me desagrada, no me estorba, y no pareciera que yo le desagrade o le estorbe. El es más abierto que yo, menos tímido.

Una ocasión, en una celebración de la compañía, nos tocó compartir mesa durante toda la noche. Intercambiamos varias veces las miradas y hubo un par de sonrisas, pero ni una palabra. Nada qué decir, nada qué preguntar. Ni siquiera después de tantos años.

Es triste, ¿no?

09. PEGGY MARTINEZ, SIN ACENTO EN LA I

Peggy L. Martínez es buena persona, me gusta mucho su sonrisa. Tiene unos 35 años y hace un año se divorció. Fue una tragedia dramática en la oficina, pues resulta que su marido, Scott, un canadiense tranquilo y silencioso, resultó ser homosexual y vino a descubrirlo después de varios años de casado con Peggy. No tienen hijos. Han de decir que quién soy yo para andar divulgando las intimidades de otros, pero bah... a estas alturas, qué más da. De mí hablan hasta lo que no y creo que a Peggy le hace bien que se hable de su situación, ella misma lo hace en los chats a los que entra. porque aquí entre nos, Peggy chatea mucho. Ya le he dicho que haga su blog, le pareció gracioso. 

Peggy es muy rubia. Se parece a Sissy Spacek, sólo que Peggy ahora usa el cabello muy corto y tiene varios piercings en la cara: uno en el labio superior y otro en la ceja izquierda. La semana pasada mostró su tatuaje: una mariposa pequeña, en la cadera. Yo creo que los tatuajes y los piercings le han de reconfortar, porque mientras estuvo casada con Scott, era mucho más conservadora.

Últimamente, Peggy me pone nervioso. Ha adoptado la costumbre de no usar sostén. Cuando está en la calle no se nota, pues va muy abrigada, pero en la oficina, cuando se quita abrigos y suéteres, se nota muchísimo. Sé que no soy el único al que le tiemblan las piernas.

Pero no me hago ilusiones ni me hago expectativas.

10. PEDRO JORGE

Soy hijo único, al menos eso me han dicho. Mi madre estaba enamorada de Pedro Infante y mi padre emulaba a Jorge Negrete. De ahí mi nombre, Pedro Jorge. Pedro primero y Jorge después porque la opinión de mi madre siempre estuvo antes que la de mi padre.

Lo Hernández González lo cargo desde que nací y es símbolo diáfano de lo que soy, simplemente, un Hernández González. Un día, por curiosidad, me acerqué a las páginas blancas de la ciudad de México. Hay más Hernández González que habitantes en el 70% de las ciudades mexicanas. La peor confusión que cometen con mis apellidos es ponerlos alrevés, González Hernández. Una maestra del Politécnico me decía que da lo mismo ser GH que HG, que químicamente no había diferencia.

Yo propondría algo: todos aquellos seres que carguemos ese lastre, de apellidarnos Hernández González o González Hernández nos unamos y formemos una nación. Tal vez podamos incluir a los García. Formaríamos la Nación de Los Gonzales García, García González, Hernández García, García Hernández, Hernández González y González Hernández. Seríamos una nación de varios millones de habitantes y tendríamos miles de celebridades para nombrar nuestras calles, aeropuertos y parques.

Si quisiéramos ser más, bastaría con invitar a los Martínez que lleven por segundo o primer apellido un Hernández, González o García. Tremendo continente que formaríamos. Los mismísimos gringos nos buscarían para hacer tratados de comercio, simplemente por el universo de consumo que se generaría. Seríamos únicos. Podríamos tener nuestra propia lengua, el Martihernagonzagarcíañol, por ejemplo; habría escuelas especializadas en enseñarlo y nuestros canales de radio y TV harían sus programas en esa lengua.

Desde luego, tendríamos nuestras propias leyes. Yo propondría, por ejemplo, que en el país de los Martínez García Hernández González hubiese libre tránsito de personas y de ideas, claro, a los gringos habría que exigirles un visado especial, que tardaríamos más de tres meses en tramitar y nos daríamos el lujo de negarles el visado a la mitad de los solicitantes, sólo por el puritito placer de hacerlo.

El primero en la lista negra de nuestra nación sería harold, pero eso es harina de otro costal.

11. ACERCA DE hAROLD, CON MINÚSCULA

Ayer me sucedió una cosa insólita, contrario a la creencia popular que reza que a los habitantes de Hernangonzamartiperelopegomezgarcifernanrrodriguezlandia
nunca les ocurre nada extraordinario. Al salir del trabajo, me fui al bar del alemán a beber un par de cervezas, como suelo hacer con frecuencia. Me senté a la barra, tranquilito, minding my own business, como dicen acá, y de pronto se sentó a mi lado un hombre de unos 70 años.

El hombre se quitó la vieja gabardina y pidió un martini. Cuando empezó a beberlo, noté que lloraba. No puedo evitar ser entrometido cuando un alma en pena me ronda cerca, así que lo miré y le sonreí, queriendo transmitirle el mensaje que todos tenemos algo por qué (o por quién) llorar, pero que no todos tenemos la valentía de hacerlo en público.

El hombre me miró con suavidad y me devolvió la sonrisa. Y empezó a hablar. Y a hablar. Y a hablar más. Pidió más martinis y habló más aún. Yo tuve que empatarle pidiendo más cerveza, que empezó a hacer estragos en mi percepción de la realidad.

Me relató su tragedia: acababa de tener un encuentro con su hijo y dicho encuentro terminó muy mal. Se insultaron, se amenazaron, estuvieron a punto de llegar a los golpes y a mi nuevo amigo le quedó claro que nunca más volvería a ver a su hijo.

Lo insólito del asunto salió cuando se develó la identidad del sujeto en cuestión. Me mostró una foto donde se veía él mismo, muy sonriente, abrazando a un muchacho de unos 15 o 16 años de edad. Una foto vieja. "Es de hace apenas unos cuántos años, cuando mi hijo aún dialogaba conmigo", me dijo. La miré detenidamente y se me salió decirle que el muchacho me recordaba a mi jefe, a harold.

"Qué curioso", me dijo él. Mi hijo así se llama. Lo miré con cara de signo de interrogación y titubeé: "harold... ¿James Danson?" El hombre torció la boca y me miró con desagrado, afirmando con la cabeza. ¡Era el padre de harold!

A partir de ahí, un silencio nos invadió. Tantas cosas que podría haberle dicho acerca de su hijo y tantas cosas que decidí no decir. Por supuesto, el hombre -llamado James Danson- empezó a hacerme preguntas. Quería saberlo todo. Traté de explicarle que soy un
Hernangonzamartiperelopegomezgarcifernanrrodriguezlanense,y que no tenemos memoria ni guardamos registros de nada, pero mis esfuerzos fueron en vano. James empezó a sulfurarse. El rostro se le encendió cual vil langostino veracruzano y de la boca salía un hilillo de espuma parecida a la rabia. Creí que me golpearía.

¡Santo Dios! Sentí una mezcla de miedo y compasión. Finalmente, después de varias horas de fatales desencuentros, James cogió su gabardina, pagó y salió del bar. Me quedé anonadado, impresionado y a la vez, intrigado.

¿Qué le diré a harold? ¿Debo narrarle lo ocurrido o debo hacerme el tonto? ¿Le ayudará en algo saber lo afectado que estaba su padre por él? No puedo negar que James quiere a su hijo, y seguramente harold le corresponde pero no sabe cómo demostrárselo. Tal vez harold no es tan mala persona como yo pienso y sólo es un neurótico del trabajo. ¿Recuperará la h inicial de su nombre la categoría de mayúscula?

En fin. Tal vez se lo diga, tal vez no. No quisiera arruinar la sonrisa con la que todos los días me vigila.

12. DE COMEZONES Y COSQUILLAS

¿Alguna vez han sufrido de una comezón intensa sin saber dónde rascarse, como si la comezón fuera interna y no hubiera manera de llegar a su fuente? Pues anoche no he podido dormir por eso. Estaba por quedarme dormido cuando sentí la comezón por primera vez. Según yo, la comezón era en un pie. Suelo dormir con dos pares de calcetas gruesas (soy de manos y pies muy fríos) y la comezón era lo suficientemente molesta como para tomarse la molestia de quitarse las calcetas y rascarse.

Pero al rascarme, la comezón estaba en una pierna. Me rasqué el pie y la pierna y la comezón se trasladó a la cadera. Me empecé a desesperar y claro, me lo tomé a personal. Casi le veía la cara a la comezón. Me la imaginaba como un Gremlin con expresión diabólica riéndose de mí. Al poco rato, estoy como loco, persiguiendo la comezón por todo mi cuerpo a dos manos. Si alguien me hubiese visto desde el exterior, hubiera llamado a los loqueros, imagínense a un tipo, en pijama, despeinado, semidormido, en tremendo bailongo nocturno rascándose por doquier.

Mi abuela decía que el mejor remedio para curar esas cosquillas anónimas era tragando saliva, así que además de la danza de las siete manos, ahí estoy, tragando saliva y haciendo pucheros, aunque sirvió de poco. Finalmente, la comezón se hartó de hacerme sufrir y se fue, pero ya no me pude dormir. Lo pero del caso, es que es viernes y me toca hacer el resumen de enero de los listados que debe firmar Harold (en efecto, me reconcilié con la H de su nombre, al menos por un tiempo).

What a drag!, dirían los neoyorquinos.

14. A VER...

De lunes a viernes: a las 6 de la mañana se enciende el televisor que tarda unos 15 minutos en despertarme. Soy lento para eso, pero riguroso en mi disciplina. Todas las mañanas, me encomiendo a Dios antes que otra cosa.

A las 6 y media, ya estoy calentando leche para hacerme un café instantáneo. Hace un par de años, compré una cafetera para hacer espresso pero no la he usado aún. La compré en Chinatown porque estaba muy barata.

Enciendo un cigarrillo y bebo esa taza de café viendo las noticias. A las siete en punto, me meto a la ducha, ritual que dura exactamente 25 minutos, si incluímos la afeitada. A las siete y media, en punto, empiezo a vestirme. Todos mis trajes son oscuros, todas mis camisas y camisetas son blancas, todas mis calcetas son negras o grises, todos mis calzoncillos son blancos, de algodón. La variación en mi atuendo está en las corbatas, ahí sí soy versátil.

Salgo de mi casa diez minutos antes de las ocho. Tomo el metro y, a las ocho veinticinco, estoy entrando a la oficina. La hora de entrada es a las ocho treinta. Como alguna vez mencioné, siempre soy el primero en llegar.

A las once y media, salgo a almorzar. Lo hago en un Deli cercano. Generalmente, una ensalada, fruta, una cerveza, un café. Los miércoles suelo ser más comilón y almuerzo un emparedado de roast beef o de pollo. Aprovecho este lapsus y fumo un par de cigarrillos.

Regreso a la oficina a las doce. A veces me tomo diez minutos más, pero no siempre. Las tardes las empleo para administrar la base de datos; durante las mañanas, mi trabajo consiste en la captura de información numérica, básicamente, cálculo de riesgos y muchas tablas de porcentajes.

Mi día laboral termina a las cinco y media. Al salir de la oficina, me detengo en un grocery que me gusta, es propiedad de un señor de Pakistán que suele tener mucha variedad; hago algunas compras. Pan, leche, café, naranjas, huevos, en fin, lo que haga falta en casa. Los jueves me doy un pequeño lujo y compro el TV Guide. Los lunes juego a la lotería. El año pasado, finalmente me gané 80 dólares. Salgo del grocery y me dirijo a casa, caminando. Me gusta caminar. Dejo las compras en la cocina y vuelvo a salir, tal vez, con la esperanza de conocer a alguien, de socializar. En el fondo, y aunque las apariencias no lo muestren, soy un tipo sumamente sociable. Me fascina entablar buenas conversaciones.

A las siete y media, voy a un diner a comer. Siempre me siento en la mesa más lejana a la entrada, en una esquina. Siempre está desocupada. Me atiende Lucy, una señora negra, gorda y muy trabajadora. "What´s gonna be, honey?", me pregunta todos los días, apoyando la mano en la cintura y con un boli en la otra, aunque ya sabe, siempre pido lo mismo, el menú del día. Odio que me diga honey. A todos los comensales les dice así. Además, no sé para qué se toma la molestia de ir a preguntarme, se ahorraría unos minutos si simplemente me sirviera la comida al verme llegar. Nunca fallo.

Es curioso. El diner al que voy todos los días, es idéntico, en verdad, al que suelen ir Seinfeld y Costanza. Siempre me ha llamado la atención esa semejanza. La primera vez que lo noté, fue cuando advertí que en las mesas hay un servilletero, un contenedor rojo de plástico con ketchup, uno amarillo con mostaza y un inútil cenicero, pues está prohibido fumar. Alguna vez, al ver el programa de Seinfeld, noté que en las mesas había exactamente los mismos elementos. Y no es que todos los diners de Manhattan sean iguales, yo creo que se trata de una casualidad.

Al terminar de comer, llega mi primer punto de discordia del día. Sé que debería ir a casa a mirar la televisión, leer, en fin, pero a veces la tentación es muy fuerte y opto por el bar del alemán. Siempre me digo lo mismo: "Pedro, sólo una cerveza y ya". Es un bar alegre y suele haber mucha gente. Yo creo que por eso me gusta, la oportunidad de entablar una conversación es alta. No importa a qué hora llegue del bar, mi rutina diaria no se modifica. Tengo que ser honesto. Nunca es una cerveza. Ni dos. Ni tres. Cuando exagero, suelo rezar al llegar a casa y pedir perdón a Dios, que yo sé que me perdona.

Los sábados me gusta salir. Aprovecho para llevar mi ropa a lavar, para limpiar mi departamento, para ir a la peluquería, en eso se me va el día. Los domingos, veo televisión, voy a misa, y cuando el clima lo permite voy a Central Park, a veces salgo a correr y a veces voy al cine. Pocas cosas en la vida me gustan tanto como ir al cine. Cuando hay alguna paga extra, me doy un lujillo y me meto a un musical.

Estoy tentado a adoptar un gato para que me haga compañía, pero creo que soy alérgico.

Bien. El resultado de todo lo anterior lo puedo resumir como sigue:

1. Novias y/o amigas: 0
2. Amigos: 0
3. Dólares ahorrados: 0
4. Bienes acumulados: Una cafetera nueva, un televisor, una computadora.
5. Viajes de placer: 0
6. Viajes de negocio: 0
7. Aventuras: fuera de lo que veo en el bar, 0.
8. Placeres disfrutados: 2

La lista puede ser muy larga, creo que los primeros ocho puntos son suficientes para preguntarme:

¿Qué diablos es lo que hago mal?

15. MIÉRCOLES DE OTRAS CENIZAS

08:24 AM
Entro a la oficina. Cuelgo mi abrigo en el armario y me dirijo a mi lugar. Me siento. No ha llegado nadie aún. Enciendo la radio y mi computadora.

08:33 AM
Voy al baño. Los grandulones también hacemos pipí.

08:37
Al regresar del men´s room, me topo con Harold, quien viene llegando. Me mira con un aire de soberbia y sigue su camino, indiferente. De pronto, sorpresivamente aparece Primitivo, con la misma ropa de ayer pero sin corbata. Lo amonestarán, seguro. Sudoroso, sucio, se ve nervioso. ¡Me saluda amablemente! Me dice que necesita hablar conmigo, en privado. Le digo que pasemos a la salita de juntas, me dice que lo vea ahí a las nueve y media. La gente lo mira con curiosidad y Primitivo se dirige a su lugar como si nada pasara, aunque a leguas se ve que le ha ocurrido algo.

09:30
Entro en la salita de juntas. Primitivo ya está ahí, esperando; me pide que cierre la puerta. A estas alturas, estoy intrigadísimo. Este hombre nunca se había acercado a mí. esto era insólito. Nos sentamos a la mesa y le comento que tengo mucho qué hacer, que en qué le puedo ayudar.

"Necesito pedirte un favor enorme, mi hermano...", me dice.

¡Mi hermano! ¡Vaya, vaya! Resulta que ahora soy "su hermano". Por supuesto, mi curiosidad crece. "¿Dime, en qué te puedo ayudar?", le pregunto con genuino interés.

Primitivo me relata su problema. Ayer se fue de fiesta. Conoció a una mulata "de miedo, mi hermano", de acuerdo con sus propias palabras. Fueron a una discotheque, de ahí al bar y bueno, pues una cosa llevó a la otra y tal, pues Primi terminó en un cuarto de hotel con la señorita en cuestión. ¡Gol! No niego que me dio un poco de envidia.

Lo grave del asunto para él, es que no se dio cuenta nunca de la hora, no avisó en su casa, por lo que su mujer estaba angustiadísima. La llamó en la mañana y le vomitó la primera mentira que se le ocurrió: El mexicano (o sea, yo) se había enfermado, me tuvo que llevar al hospital de urgencia, él se hizo cargo de todo (le dijo que ahora éramos buenos amigos); en el hospital le solicitaron atentamente que apagara su celular, y lo hizo, pues Primi es de lo más decente. Cuando se dio cuenta, había transcurrido toda la noche y pues, ¿para qué perder más tiempo?, se dirigió directamente a la oficina.

Cualquier persona con dos milígramos de materia gris se daría cuenta de la burda mentira, pero parece que la esposa de Primitivo compró la historia. El problema residía en que mi sana persona (una rodilla latosa y dos endodoncias pendientes no me califican como enfermo de hospital) está en la oficina, trabajando.

Primitivo quiso arreglar los pequeños desperfectos de su mentira, y agregó que me dieron de alta esa misma noche, que lo mío había sido una fuerte indigestión y que en el transcurso del día de hoy me sentiría mejor. El problema radicaba en que si la señora llamaba y preguntaba por mi estado de salud y le decían que aquí estoy, entonces él se vería en un lío astronómico.

"Descuida, mi hermano...", le dije, haciendo énfasis irónico en lo de la recién adquirida hermandad. "No llamará". Pues nada, el favor que Primi solicitaba de mí es que yo llamara a su mujer, le diera explicaciones y así quedaría zanjado el asunto.

No me dio tiempo de pensar, menos de responder.

9:48
Estoy con la boca abierta procesando la información cuando la puerta de la salita de juntas se abre. Primitivo y yo pensamos que se trata de harold, quien viene a llamarnos la atención. Una cabeza se asoma y descubrimos que no es la de harold. Es la esposa de Primitivo, quien me mira de arriba a abajo, me escudriña como si me fuera a comprar. Me pongo de pie, digo "con permiso de ustedes" y los dejo solos en la salita de juntas.

09:55
Todos los que trabajamos en esta honorable oficina estamos atentos a la gritería que se escucha desde la sala de juntas. La voz cantante es la de la esposa de Primi. De él se oyen lamentos, excusas, frases entrecortadas.

09:58
harold se da cuenta de que algo malo ocurre y se pone de pie, molesto; se dirige a la sala de juntas. Abre la puerta e intercambia algunas palabras con ellos. harold regresa a su lugar.

10:05
Previendo una catástrofe, abro mi cajón y saco un caramelo. Reinicio mi computadora. Inmediatamente después, harold me mira solicitando su premio. Le entrego el caramelo y me da las gracias. Se trataba de endulzarle un poco el momento.

10:12
La esposa de Primitivo sale de la sala de juntas a toda velocidad. Primi sale detrás de ella, en actitud suplicante, aún emitiendo frases entrecortadas y disculpas a medias. La señora me mira con odio y al pasar junto a mí deja salir la palabra "canallas". Yo trago saliva.

Ambos salen de la oficina dando un portazo.

10:14
harold se dirige a nosotros diciendo que no ha ocurrido nada, que todo está bajo control.

11:15
Hora de ir a almorzar. harold está pegado al teléfono hablando con quién sabe quién; reinicio de nuevo mi computadora para forzarlo a interrumpir su conversación y lo hace, en espera de su dulce premio, el cual le doy de inmediato. Hace meses que no lo gratificaba dos veces un mismo día. Me pongo el abrigo y al pasar por el escritorio de Primitivo, veo que su celular, su IPod y sus cosas siguen ahí, intactas. La punta de una corbata asoma de un cajón.

11:49
Estoy de regreso en la oficina, sin que haya ocurrido nada digno de relatar. Así pasa el resto del día.

17:30
No se supo más de Primitivo. Ha terminado la jornada laboral y me dispongo a ir con Lucy para que me diga honey y después al bar del alemán a tomar una cerveza. Sólo una, hoy sí es en serio. Honestamente, me he quedado preocupado. En el escritorio de Primitivo quedan las cenizas de su día.

16. LAVÁNDOSE LAS MANOS

Jueves de sorpresas mayúsculas. En México dicen juebebes, o jue-bebes. Los borrachos, claro, los que corren el maratón Lupe Reyes. Que desde luego, no es el caso de Primi.

Esta mañana, a las nueve, más o menos, llamó para reportarse enfermo. Todos se miraron entre sí, pues el 100% del personal de esta oficina estuvo presente ayer y se enteró con pelos y señales de lo ocurrido. Yo me quedé pensando. ¿Qué hubiera hecho yo si no se hubiera presentado la esposa de Primi?

Ya sé, los hubieras, las abuelitas y las ruedas. Mi postura debe ser independiente. Llegué a la conclusión que le hubiera dicho que no. Es decir, no le hubiera hecho el favor a Primitivo. Pero a fuerza de ser honesto, la razón de mi negativa hubiera sido circunstancial más que de postura. Soy pésimo para mentir, tartamudeo, me tropiezo con las palabras, digo cosas sin sentido y sólo hubiera empeorado la situación. He estado esperando a que venga, pues me parece importante decírselo, creo que si él lo analiza, lo vería como un acto amistoso.

Sin embargo, Primi no vino a trabajar. A medio día se presentó su mujer a recoger las cosas (las cenizas de ayer). Me ofreció una disculpa por lo de ayer, la cual acepté con una sonrisa amigable. A mí también me pareció sorpresiva, inesperada e inexplicable su irrupción, pero meditándolo, creo que está justificada. El Primi lleva un tiempo jugando un juego que sólo él entiende. Creo que lo de ayer fue la gota que derramó un vaso del que nadie tenía conocimiento.

A la hora de la salida, cuando yo era el único que quedaba en la oficina, estaba a punto de apagar mi computadora y noté que el cajón de Primi, de donde colgó la punta de una corbata el día de ayer, estaba abierto. Fui a cerrarlo y ¡oh, sorpresa! En el cajón había lo que menos se espera del cajón de un escritorio de un empleado de base de una oficina administrativa de una consultora que da servicio a las aseguradoras de la costa este de los Estados Unidos. No era mi intención enterarme, fue accidental (ya confesé que sí que soy chismosillo, pero no esculcón).

Bueno, pues... boquiabierto, sorprendido, hasta cierto punto asustado (si alguien más se entera de lo que hay en ese cajón, tremendo lío que se arma, en serio). Con la rodilla sana, empujé suavemente el cajón hasta que se oyó el click del cierre. No sé si Primi le pone llave a su cajón (debería hacerlo), supongo que sí, pero no hay llave a la vista. Me quedo con la duda, ¿habrá visto la mujer de Primitivo el contenido del cajón? No lo creo. Lo hubiera sacado y hubiera armado un escándalo en ese momento. ¿Debo decirle a alguien lo que vi? No lo sé. Me acusarán de algo, seguro. No tengo porqué meterme en asuntos ajenos, por más delicados o graves que éstos sean. Que Primi se haga responsable. Yo me lavo las manos. Se avecina una espesa tormenta.

En fin. Al terminar de mi cita gastronómica con Honey, tomaré el metro e iré a la iglesia de la calle 103. Hoy cantan Gospel y me gusta mucho.

17. ENGAÑOS

Sé que hay inquietud por saber lo que vi en el cajón de Primi, lo entiendo. Lo diré en su momento, no creo correr ningún riesgo y tal vez exagero al darle tanta importancia. Me hace gracia, parece comedia de detectives.

Esta mañana, lo primero que hice al llegar fue ir a ver el cajón. No sé si es que he visto demasiada tele o qué, pero ahí estoy, abriendo el cajón lentamente usando una servilleta de tela (que saqué de casa expresamente para esto) y así evitar dejar mis huellas digitales.

Al ver otra vez el contenido, sentí esa curiosa combinación frío - calor que produce el miedo. En ese momento, oí que llegaba alguien, cerré el cajón y me fui a mi lugar. Entró Peter (alguien de quien no he hablado, por cierto) seguido de Susan y dos segundos después, entró Peggy. Afortunadamente, no se dieron cuenta. Pocos minutos después entró Harold.

Algo le pasa a Primitivo. Tal vez tiene resentimientos hacia sus padres por haberle puesto ese nombre (honestamente, cómo le hacen eso a una persona de carne y hueso, o ¿me van a decir que conocen a alguien que lleve un nombre más ridículo?)

No me creo el cuento de su noche pasional con la Morena de Fuego. ¡Qué va! Me vio la cara de imbécil. Además, la actitud ansiosa y desesperada de su esposa lo delata, una mujer celosa no actúa así. Y el Primi es hombre de familia. Es un tipo regordete, cachetón y mal hablado, le gustan los sports y los coches, no me lo imagino de galán rompiendo corazones a diestra y siniestra. ¿Porqué me habrá mentido, qué oculta? ¿Porqué guarda eso en su cajón?

Esperé a que llegara, pero lo único que llegó, fue una llamada a Harold para decir que seguía enfermo (ajá, sí, cómo no...) y que se presentaría hasta el lunes. Por supuesto, yo tendré que resolver sus pendientes y con eso que no dormí anoche, me cae como patada al hígado.

Estuve muy tentado a decirle a Harold lo del cajón, pero (afortunadamente) me he contenido hasta el momento. Ahora tengo que ponerme a trabajar, ya que no pretendo quedarme aquí hasta las mil para terminar con los pendientes.

Me hace sentir muy mal que Primitivo me haya querido engañar.

18. EL BUENO QUE DA PASO AL MALO

Este domingo me tocó estar con mi vecina cuando regresé de Misa. Es una mujer viuda de 70 y muchos años, se llama Helen. Su marido combatió en la Segunda Guerra Mundial y su hijo en la Guerra de Vietnam. "Soy una desgracia de la guerra", me dice. "Tienes suerte de venir de un país que no está en guerra". Si supiera.

Helen es extraña, le da por coleccionar las cosas más insólitas. Si uno la ve de lejos, se llevaría la impresión de una anciana descuidada, pero al mirarla de cerca, se descubre su gran belleza y su encanto, que tiene mucho. No es que me gusten las ancianas, ni lo mande Dios, no, pero helen es especial.

Tiene un pequeño armario en su habitación donde guarda, perfectamente limpios y ordenados, todos los cepillos dentales que ha usado en su vida adulta, que es difícil de imaginar. Cada cepillo lleva una etiqueta adherida con el mes y el año en el que fue usado. Imposible determinar cuántos hay. Curiosa manera de atesorar sus recuerdos, en cepillos de dientes. me cuestiona, ¿y los míos? ¿Dónde guardo yo mis recuerdos, mis memorias? Ya sé, no tengo nada qué guardar. Trato de resolver este dilema adoptando el Carpe diem, pero no me engaño, aunque lo intente.

También colecciona etiquetas, de frascos y botellas de vidrio. Tiene de mayonesas, mostazas, ketchups, galletas, vino, licores, algodón, salsas, aceites, en fin, de todo, desde los años 30 a la fecha. Pone los envases de vidrio a descansar en agua muy caliente hasta que la etiqueta se rinde y se desprende. Después la plancha, la seca y cuidadosamente la coloca entre las páginas de las muchas enciclopedias que tiene. Las etiquetas se visten de etiqueta y quedan listas para entrar en tan particular museo.

Cuando la visito, me pide que me siente, me sirve un té y me pone varios tomos de sus enciclopedias sobre las rodillas para que admire su colección. Es tan meticulosa, tan ordenada, tan prolija, que termino por admirarla. Así, aprendí que hace muchos años, los fabricantes colocaban dibujos de figuras humanas en las etiquetas de sus productos, me hacen mucha gracia las amas de casa felices sosteniendo los envases de detergente, los señores que salen de casa llevando una galleta en la mano, tantos más. Ahora usan más diseños espectaculares y gamas de colores, pero no tantas figuras humanas, ni animales. ¿Por qué? ¿Es que somos más feos en estos días?

Esta noche iré al Restorán Chino de Canal Street. hay mucha gente y se come muy bien, aunque es un poco caro. Desde mi punto de vista, es el mejor de la ciudad. Tienen razón quienes me han aconsejado que cambie de lugares y de hábitos. Tal vez invite a Helen. Lo malo de los domingos es que se terminan y dan paso al peor día de la semana.

19. EL CAJÓN DE PRIMITIVO

01
Empiezo a escribir desde las 9 de la mañana, a ratos y a escondidas. Como siempre, soy el primero en llegar. Por ahora iré anotando los incidentes del día a medida que ocurran y los numeraré para no confundirme. Sí, ya sé, no niego la cruz de mi parroquia, tengo alma de contador.

02
Revisé el cajón de Primitivo, sigue cerrado con llave. Tendrá que venir hoy y hablaré con él. Le diré lo que vi y me dirá algo, no me puede dejar así.

Han llegado todos ya, excepto Primitivo. Harold está nervioso. Tengo que hablar con él, pues me es imposible sacar adelante todo mi trabajo y el de Primitivo. Aunque me ayuden Susan y Peter (que en realidad, más que ayudarme, estorban).

03
He hablado ya con Harold. Tampoco sabe nada de Primi. Ha intentado llamar a su casa y no responden. Entiende mi punto de vista, pero me dice que no hay otra opción. Tendré que hacer mi trabajo y el de Primitivo. ¿No es una injusticia?

04
¡Primera sorpresa fuerte del día! Me ha llamado Primitivo para pedirme otro gran favor, y sigo siendo su hermano. Me pide que a la hora del almuerzo, cuando no haya nadie, abra el primer cajón de su escritorio y ponga lo que ahí hay (no especifica nada) en una mochila azul que se encuentra en los sanitarios; que por favor, mi hermano, me la lleve a casa y él pasaría por ella después. Me ofrece una gratificación económica la cual, por supuesto, rechazo.

Le digo que me espere, me levanto, reviso el cajón y le digo que está cerrado con llave. Me dice que la llave está en la mochila. Le digo que haré lo que me pide a la hora del almuerzo y muy, muy agradecido, se despide.

05
Harold se ha dado cuenta de que me acerqué al lugar de Primitivo. No me quita la vista de encima. Peggy, por primera vez en mucho tiempo, me sonríe. Hoy ha venido sin sostén otra vez. Dios mío, no puedo evitar mirarla. Es una tortura. No soy bueno para lidiar con varias emociones al mismo tiempo.

06
A la hora del amuerzo, aprovecho para hacer lo que Primitivo me pide. Voy a los sanitarios y en efecto, encuentro una mochila azul en los lockers. En una de las bolsas laterales de la mochila hay una llave. Regreso al área de trabajo con la mochila.

07
Susan se ha quedado a almorzar en su escritorio, así que tengo que estar muy atento. En el momento en que baja al baño, voy al escritorio de Primi, lo abro y ¡oh sorpresa! El cajón está vacío. No hay nada. Ni un lápiz, ni una pluma, ni un clip, nada. Zip. Zilch. Zero. ¿Me estoy volviendo loco? No, para nada. En ese cajón había una fortuna.

Hice mis cuentas. Por lo menos, un millón de dólares en billetes de 100. Mi cálculo es, desde luego, a ojo de buen cubero, ya que sólo alcancé a ver la totalidad. Habría unas siete filas, cuatro columnas y cinco pilares de paquetes que serían, según mis cálculos, de 100 billetes cada uno.

08
No me queda nada por hacer excepto esperar. Primitivo me llama a media tarde. Le digo lo ocurrido y me da las gracias, explicándome que ya no es necesaria mi ayuda. Finjo no saber lo que vi la semana pasada, me hago el loco y asunto terminado.

09
Harold nos anuncia que Primitivo ha renunciado a la firma y que no regresará más. Esta misma semana entrará alguien en su lugar. Después habla en privado conmigo y me dice que deje de hacer lo de Primitivo, que me concentre en mis cuentas. Me pregunta cosas de Primitivo que no sé. De pronto, Harold ha pensado que soy el confesor del cubano.

Me quedan muchas preguntas.

¿Qué ocurrió con el dinero? ¿Qué ocurrió la noche del viernes?
¿De dónde salió? ¿A quién le pertenece?
¿En qué clase de lío está metido Primitivo, un hombre de familia, sano, y sin vicios?
¿Qué hizo Primitivo la noche de su supuesta aventura erótica?
¿Qué papel juega su esposa?
¿Por qué me involucra en sus enredos?

Tendré que pasar otra noche en vela tratando de responderlas. En fin, mañana será otro día.

20. LOVE!!!

Esta tarde, al regresar de trabajar, con la ilusión de irme al bar del alemán, me topé con mi vecina Helen, hecha un mar de lágrimas a las puertas del edificio donde tenemos a bien cohabitar. Es curioso cómo entre más viejita es la gente, más capacidad tiene para transmitir su melancolía o su dolor. Antes de que yo doblara la esquina para caminar por mi calle, ya presentía algo. En fin.

Helen me esperaba. Sí, a mí. Decía que no podía acudir a nadie más. Ni los millones de Primitivo, ni la ausencia de sostén de Peggy ni mis más profundos pensamientos pudieron evitarlo. Yo era el elegido para buscar a Love, el mayor de sus gatos -que por cierto, es tuerto- y que llevaba más de tres horas desaparecido.

La pobre Helen ya lo había buscado por todo el edificio, ya había tocado todas las puertas. Con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada, me explicaba que Love nunca salía de casa. Estaba castrado y, como dije antes, le fallaba la vista, además de llevar más de veinte años a cuestas. Sí, lo conozco, es un gato remolón y tiene su grado de simpatía. Te ve pero como que no te ve y siempre está ahí, en la misma ventana, mirando a los mismos transeúntes hacer lo mismo que hacen cada día de su vida, y ésa era la vida de Love.

Entiendo la angustia de mi vecina. Había que buscarlo y bueno, una noche de no ir al alemán no lastima a nadie. Así que me di a la tarea. Subí a mi departamento, me puse unos zapatos más cómodos, me quité la corbata y me coloqué un jersey más ligero. Y al rescate de Love. He de hacer mención que el gato se llama Love por decisión de uno de los nietos de Helen, no por ella.

Sugerí a mi vecina que se quedara en la puerta del edificio a la espera, que estuviera muy atenta, pues Love podía aparecer en cuanquier momento. Yo caminaría por los alrededores intentando dar con él.

Supongo que quien me vio se partiría en dos de risa. Un tremendo gigantón, vestido de manera estrafalaria, gritando Looooveee!! a los árboles, a los contenedores de basura, a las ventanas. No sé, yal vez hasta fotos me hicieron. Love por aquí, Love por allá, y debo aclarar que mi voz no es particularmente suave, especialmente cuando grito.

Un par de horas después de gritar Love por todo el vecindario, y seguramente con varios vídeos en YouTube haciendo que fuera más famoso de lo que ya soy, decidí regresar. derrotado, sin el gato y sin tener la menor idea de su paradero. Al llegar a la puerta, me extrañó no ver a Helen. Muy claro le dije que no se moviera de ahí. Entré en el edificio y fui directamente a su departamento. La puerta estaba entreabierta, así que desde el exterior pude ver a Love, íntegro, sin una mancha, bebiendo leche del más preciado de los platos de la más fina vajilla de mi vecina. Apareció con una sonrisa enorme para explicarme que Love nunca había salido, que simplemente estaba adormilado bajo un sillón. Bueno, encogí los hombros en señal de simpatía, me despedí y me fui directo a casa. Si tenía planes de visitar al alemán, no podía hacerlo en el estado en el que me encontraba. Sin embargo, al verme al espejo, sudoroso, con unas bambas más viejas que Helen, el jersey lleno de tierra y hojas secas de trepar tanto árbol... lo que correspondía era una ducha.

Eso pasa cuando se tienen vecinas con gatos.